La aeronave dejó de responder a control aéreo tras despegar de El Alto. Fue seguida por radar con trayectorias irregulares hasta precipitarse en una zona del trópico cochabambino sin sobrevivientes.
El primer indicio de que algo no marchaba bien no fue visible desde tierra. Fue una ausencia: la voz de la cabina dejó de escucharse en los canales habituales. El jet privado con matrícula CP-3243 había salido desde El Alto con destino a Santa Cruz y, en cuestión de minutos, dejó de responder a los llamados del control aéreo.
Los registros de la Dirección General de Aeronáutica Civil sitúan ese quiebre en la etapa inicial del vuelo. Desde entonces, ningún intento de contacto tuvo éxito. “Se realizaron llamadas en frecuencia principal y de emergencia sin obtener respuesta”, consigna un reporte técnico difundido durante la jornada.
A pesar del silencio, la aeronave seguía en pantalla. El radar mostraba un comportamiento fuera de lo esperado: el avión no avanzaba hacia su destino, sino que repetía giros amplios en el norte de Cochabamba. Esa trayectoria se mantuvo durante un periodo prolongado, sin cambios ni correcciones visibles.
En la cabina se encontraban Carlos Fernando Moyano Aguirre y Julio César Sardán Villarroel. Ambos eran pilotos con experiencia en vuelos ejecutivos y conocían la operación de este tipo de aeronaves. Horas antes, el mismo jet había realizado un trayecto sin incidentes, lo que refuerza la incógnita sobre lo ocurrido después del despegue.
Mientras los sistemas seguían registrando la posición del avión, los equipos en tierra intensificaban los intentos por establecer comunicación. No hubo respuesta. “El patrón observado es compatible con una aeronave que continúa en vuelo sin interacción activa”, explicó una fuente técnica consultada.
Ese tipo de comportamiento suele asociarse a fallas internas que afectan directamente a la tripulación. Una de las hipótesis que se abrió paso durante las primeras horas apunta a una posible pérdida de presión en cabina, lo que habría reducido el nivel de oxígeno disponible. “En esos casos, la incapacidad puede producirse de manera progresiva”, señalaron especialistas del área.
El seguimiento por radar se extendió durante varias horas. Luego, los datos mostraron un cambio abrupto: la aeronave comenzó a descender de forma pronunciada en una zona del trópico cochabambino. Minutos después, desapareció por completo de los sistemas.
Con esa información, se activó un operativo de búsqueda que involucró a la Fuerza Aérea Boliviana, brigadas de rescate y personal técnico. Las condiciones geográficas complicaron el despliegue: áreas de difícil acceso, cobertura vegetal densa y escasos puntos de referencia.
El hallazgo se produjo en horas de la tarde. Un sobrevuelo permitió ubicar los restos del avión en la región de San Miguelito, al norte de Villa Tunari. Equipos en tierra confirmaron el impacto y el estado de la aeronave. “Se encontró completamente destruida”, señala un informe operativo.
Poco después, las autoridades confirmaron la muerte de los dos tripulantes. No hubo señales de supervivencia. La violencia del choque quedó evidenciada en la fragmentación del fuselaje y la dispersión de sus partes en el terreno.
El traslado de los cuerpos se realizó en varias etapas, utilizando aeronaves de apoyo debido a las limitaciones logísticas del lugar. Una vez en Santa Cruz, se practicaron los exámenes forenses. El informe médico determinó que ambos fallecieron por hemorragias severas provocadas por el impacto. “Se trata de lesiones incompatibles con la vida”, precisó el reporte.
En paralelo, se inició el trabajo de recolección de evidencias. Restos de la aeronave, registros de vuelo y datos técnicos serán analizados por especialistas para reconstruir la secuencia completa. La investigación busca establecer qué ocurrió dentro de la cabina en los minutos en los que el avión continuó en el aire sin emitir ninguna respuesta.










0 comentarios