¡SI SE PUDO!

septiembre 10, 2025

Bolivia venció a Brasil en El Alto y consiguió el boleto al repechaje rumbo al Mundial de 2026, en una noche sufrida, eléctrica y llena de lágrimas contenidas durante más de tres décadas.

El silbatazo final sonó como un estallido. No fue solo el cierre de un partido: fue el inicio de un grito colectivo que parecía guardado desde hace 31 años. En el estadio de Villa Ingenio, a 4.000 metros de altura, Bolivia se permitió volver a soñar. El marcador lo decía todo: Bolivia 1 – Brasil 0. Un resultado impensado para muchos, pero escrito con nervio, sudor y fe por un grupo de muchachos que se niegan a seguir viviendo en el recuerdo de 1994.

La gesta tuvo un nombre propio: Miguelito Terceros, el joven que con apenas 20 años cargó sobre sus hombros el peso de toda una nación. Desde el punto penal, cuando el reloj marcaba el tiempo añadido del primer tiempo, ejecutó con frialdad. A la izquierda de Alisson, quien voló, rozó la pelota, pero no pudo detener el rugido que salió del alma de más de 25 mil gargantas en El Alto. Fue un penal que no solo rompió el cero: rompió la resignación.

UNA TARDE DE NERVIOS

Desde temprano, el aire era distinto en la ciudad alteña. La gente caminaba con banderas en los hombros, con la esperanza colgada en la mirada. No era un partido más. Bolivia dependía de sí y de otros: vencer a Brasil y rezar por un tropiezo de Venezuela frente a Colombia. La radio, los celulares y hasta las miradas cruzadas parecían estar divididas entre Villa Ingenio y Maturín.

Los jugadores lo sabían. Desde el primer pitazo del árbitro chileno Cristian Garay, la Verde jugó como si cada pelota fuera la última. El vértigo, los nervios, la adrenalina: todo estaba puesto en esa cancha. Moisés Paniagua corría como si lo persiguiera el viento, Enzo Monteiro se fajaba con la zaga brasileña y Terceros desbordaba con la irreverencia de quien no entiende de jerarquías.

Del otro lado, Carlo Ancelotti había planteado un equipo distinto al habitual. Consciente de la altura, especuló. Esperó. Brasil no fue la canarinha arrolladora, sino un cuadro que midió pulsaciones y buscó desgastar a su rival. Pero Bolivia no estaba para cálculos: estaba para dejar la vida.

EL GOL QUE DESPERTÓ A UN PAÍS

A los 45’+3’, Roberto Carlos Fernández encaró y fue derribado por Bruno Guimarães. El VAR confirmó lo que todos habían visto. Penal. El silencio fue sepulcral. Miguelito acomodó la pelota, respiró, y con un gesto sereno pateó cruzado. El balón besó la red y el estadio explotó. Fuegos artificiales, lágrimas, abrazos interminables. Había gol en El Alto y esperanza en Bolivia.

En simultáneo, en Maturín, Colombia ya destrozaba a Venezuela con un marcador impensado (6-3). La combinación estaba servida. Pero faltaba lo más difícil: aguantar.

EL SUFRIMIENTO DEL SEGUNDO TIEMPO

El entretiempo fue un suspiro breve. Ancelotti no esperó: cuatro cambios de golpe. Entraron Raphinha, Marquinhos, Estêvão y João Pedro. Un arsenal ofensivo dispuesto a romper la muralla boliviana. Y vaya que lo intentaron.

Luis Haquin multiplicaba su figura para despejar. Lampe, el eterno guardián, volaba a su izquierda y derecha con la calma de los viejos guerreros. En el minuto 70, Robson Matheus se animó con un disparo de larga distancia, pero Alisson respondió con categoría. A los 86, Carmelo Algarañaz acarició el 2-0 con un cabezazo que parecía sentencia, pero el portero brasileño se estiró como una pantera para negarle la gloria.

Brasil, herido en su orgullo, apretó el acelerador en los minutos finales. Centros, disparos, paredes rápidas. La Verde aguantaba con uñas, dientes y corazón. Cada despeje era celebrado como un gol. Cada atajada de Lampe era un respiro para los 11 en cancha y para los millones que seguían la transmisión desde cualquier rincón del país.

EL ESTALLIDO

El pitazo final llegó a los 95 minutos. Y con él, la catarsis. Los jugadores se desplomaron en el césped, algunos llorando desconsolados, otros abrazados, otros con la mirada perdida, como queriendo confirmar que no era un sueño. Desde las tribunas bajaba un eco que estremecía: “Sí se pudo, sí se pudo”.

Bolivia, con 20 puntos, se quedó con el séptimo puesto de la tabla sudamericana y se ganó el derecho a pelear en el repechaje de marzo en Monterrey y Guadalajara. Venezuela, con 18, quedó relegada. Argentina dominó la eliminatoria, pero esa ya era otra historia. La nuestra se escribía con un triunfo histórico ante Brasil, la pentacampeona, nada menos.

EL SIGNIFICADO

El fútbol en Bolivia ha sido, durante décadas, un territorio de frustraciones. Desde la gesta de 1993, cuando la Verde clasificó al Mundial de Estados Unidos, el país no había vuelto a pisar la cita máxima. Cada eliminatoria era un calvario, una caída más. Por eso, lo de anoche no fue solo una victoria: fue un acto de resistencia. Fue un recordatorio de que el fútbol, aunque cruel, siempre da segundas oportunidades.

El joven plantel de Óscar Villegas, con más ilusiones que pergaminos, le devolvió al país una esperanza mundialista. “Esto es para todo Bolivia, para los que siempre creyeron”, alcanzó a decir Terceros entre lágrimas, aún jadeando, con la camiseta empapada de sudor.

LO QUE VIENE

El repechaje será otra historia. Un cruce de semifinal ante un rival de Concacaf, Asia, África u Oceanía. Una lotería definida por el ranking FIFA. Dos partidos que separan a Bolivia de regresar al Mundial 32 años después. Se jugarán en marzo, en tierra mexicana, meses antes del arranque en Norteamérica 2026.

Pero anoche, en El Alto, nada de eso importaba. Importaba el presente, la victoria, el gol de Miguelito, los guantes de Lampe, el sacrificio de Paniagua, Monteiro y Fernández. Importaba ese instante en que el país se permitió soñar otra vez.

UNA NOCHE ETERNA

Villa Ingenio no olvidará jamás esa noche fría, en la que los corazones latían más rápido que la pelota. No fue un partido perfecto, no fue un despliegue de virtuosismo. Fue un partido jugado con la vida. Y a veces, en el fútbol, eso basta.

Porque el marcador quedará en los libros: Bolivia 1 – Brasil 0. Pero lo que quedará en la memoria será otra cosa: el abrazo colectivo, la lágrima compartida, la ilusión que renace. Y esa certeza tan frágil como poderosa: que el sueño mundialista está, otra vez, al alcance de la mano.

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