La artista beniana abrió su historia, sus recuerdos familiares y su lucha por mantener viva una música nacida entre pueblos, ríos y tradiciones que forman parte de Bolivia.
La casa de Carmencita Justiniano guarda mucho más que recuerdos. Entre objetos antiguos, fotografías y símbolos de una vida dedicada al arte, permanece la memoria de una mujer que convirtió las canciones del Beni en una forma de representar a su tierra ante Bolivia y el mundo.
La cantautora beniana, con 45 años de trayectoria, compartió su historia en el programa “Marco Sin Filtro”, donde habló de sus raíces, de la influencia de sus padres, de los escenarios recorridos y de su preocupación por el futuro de la música regional.
“Mi corazón se siente agradecido, porque pocas veces tenemos este tipo de encuentros donde podemos contar que el Beni también existe, que Trinidad existe, que nuestros pueblos son parte de una gran nación que se llama Bolivia”, expresó al recordar la importancia de mostrar una región que muchas veces siente que permanece distante del resto del país.
Desde niña aprendió que la música no era solamente una melodía, sino una manera de contar quiénes son los pueblos amazónicos. Sus primeros recuerdos están ligados a su familia, especialmente a su padre, un benemérito de la patria que participó en la Guerra del Chaco cuando apenas era un adolescente.
Un viejo carretón que conserva en su hogar se convirtió en el punto de partida de una historia familiar. Ese objeto le recuerda los viajes que realizaba con su padre hacia las comunidades cercanas, llevando productos y regresando con historias de una vida sencilla marcada por el esfuerzo y la solidaridad.
“Mi papá era un hombre que amaba mucho el arte, la música. De ahí viene todo, porque él escuchaba música y fue quien me impulsó”, relató.
En una familia de formación cristiana evangélica, cantar música secular no era algo sencillo. Sin embargo, su talento comenzó a mostrarse desde temprana edad. En la escuela aprendió canciones y en su casa descubrieron que aquella niña tenía una voz diferente.
A los cuatro y cinco años ya participaba en actividades religiosas, pero con el paso del tiempo encontró su camino en los ritmos propios de su región: taquiraris, chovenas y composiciones que hablaban de la vida beniana.
Su padre fue quien la animó a encontrar una identidad propia. No quería que imitara a otros artistas, sino que desarrollara una voz personal.
“Mi hija no imita a nadie, mi hija es ella”, recuerda Carmencita sobre las palabras de su padre, una enseñanza que marcó toda su carrera.
A lo largo de décadas recorrió escenarios en distintos departamentos de Bolivia. Llegó a ciudades como La Paz, Santa Cruz, Cochabamba, Sucre, Tarija, Oruro y Potosí, además de innumerables municipios del Beni y otras regiones del país.
También llevó sus canciones fuera de las fronteras nacionales. Sus interpretaciones llegaron a escenarios de Estados Unidos, Argentina, Brasil, Paraguay y Ecuador.
Para ella, uno de los mayores logros no está en la fama, sino en haber ayudado a que compositores benianos sean escuchados en otros lugares.
“Más que la fama, lo importante fue posicionar la música de nuestros autores y compositores benianos, proyectarla y hacer que otros conozcan nuestra identidad”, afirmó.
Entre las canciones que marcaron su camino están “Viva Trinidad” y “En las playas del Beni”, piezas que considera parte del sentimiento colectivo de una región.
“Cuando se escucha Viva Trinidad y la gente lo canta, cuando se escucha un Mamoré o un taquirari nuestro, siento que ese es el mayor logro”, señaló.
Durante su carrera compartió escenario con importantes exponentes de la música boliviana. Recuerda con especial admiración a agrupaciones y artistas que dejaron huella en el folclore nacional.
Su mirada también está puesta en las nuevas generaciones. Considera que existen talentos, pero observa que muchos jóvenes abandonan la construcción de una identidad propia para buscar otros caminos musicales.
“El artista debe conocer su pueblo, debe formarse, entender su cultura. No es solamente cantar un ritmo y ya está, hay que sentirlo”, reflexionó.
Como maestra, sostiene que la cultura tiene un papel esencial en la educación. Para ella, enseñar arte no es solamente transmitir conocimientos, sino formar sensibilidad y pertenencia.
“La cultura educa el alma, el arte educa el alma”, afirmó al hablar de la necesidad de fortalecer la identidad desde las escuelas y desde las familias.
También recordó a los maestros que acompañaron sus primeros pasos. Personas que no solo le enseñaron música, sino disciplina, expresión y compromiso.
Entre ellos mencionó a Hugo Mercado Mojica, Luciano Pinto Román, Asuntita Limpias de Parada, Nena Tezano Pinto de Roca y Charito Villaruel de Giabetta, quienes dejaron una marca en su formación artística.
Carmencita Justiniano cree que el Beni tiene una enorme riqueza cultural y que todavía existen voces capaces de continuar ese camino. Mencionó jóvenes talentos y grupos que intentan mantener vivos los sonidos regionales.
Sin embargo, considera necesario que los nuevos artistas tengan apoyo y disciplina para sostener una carrera basada en la identidad.
Su vida también tuvo un capítulo político. Reconoce que esa decisión influyó en la manera en que fue recibida por algunos sectores y que perdió espacios artísticos por haber asumido una posición ideológica.
“Como ser humano tengo derecho a tomar decisiones. Eso no cambia mi compromiso con el pueblo ni con mi canto”, manifestó.
Después de más de cuatro décadas sobre los escenarios, la artista mantiene la misma convicción que nació en su infancia: cantar aquello que representa a su gente.
Su historia es la de una voz que salió desde Trinidad para recorrer caminos, pueblos y fronteras, llevando consigo una parte de la memoria amazónica boliviana.
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